Siempre hay una primera vez

Recordar mi primer empleo es fácil, sólo basta mirar la cicatriz en mis nudillos para revivir la temperatura de la plancha donde aprendí a cocinar hamburguesas.

La instrucción era muy simple: no te pegues a la plancha. Sobra decir que bastó un descuido para aprender la importancia de seguir las normas de seguridad.

Mi sueldo: $3.20 por hora. Lo suficiente para sentirme orgullosa de que una empresa expidiera, un cheque a mi nombre cada quincena. Lo suficiente para frustrarme y decidir lo que deseaba hacer con el resto de mi vida laboral.

Pienso que lo importante de esas primeras experiencias es el valor que tiene la aventura en sí misma. Para mí fue la oportunidad de entender lo que significa irme a casa cansada de trabajar.

Cuando siento que la rutina me agobia, vuelvo a ver la cicatriz de mis nudillos. Así retomo el ánimo que me impulsó a trabajar aquella primera vez. Accidentada, como todas, pero maravillosa como pocas.

Lo interesante sería que la empresa motivara a su personal a sentirse comprometido, a salir todos los días con la intención de jugársela para conseguir un objetivo. A ponerse orgullosamente la camiseta y a quemarse los nudillos, si eso fuera necesario, con tal de aprender y desarrollarse.

manos

¿Cuál fue tu primera chamba? ¿Recuerdas tu salario? ¿De qué manera marcó tu desarrollo profesional?

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